• 20 octubre 2020

23 de Mayo: EL ARBOL, EL NIDO Y LOS PAJAROS DE ATAHUALPA YUPANQUI

El primer deber del hombre es definirse; ubicarse como testigo de un viejo pleito entre la mentira y la verdad”.   Con esa autoimposición vivió Atahualpa Yupanqui hasta que una noche de Mayo del año 1992 murió mansamente en la ciudad de Nimes, al sur de Francia. Había nacido (84) años antes, muy lejos de allí y con otro nombre, distinto al que después popularizara su talento.-   Héctor Roberto Chavero nació el 31 de Enero de 1908, en la ciudad de Pergamino, provincia de Buenos Aires. Allí, en ese mundo criollo de principios de siglo, vivió una niñez moldeada en la tradición familiar y, junto a las peonadas de las estancias, empezó a descubrir simultáneamente la dignidad y la carencia de los trabajos. “Soy hijo de criollo y vasca; llevo en mi sangre el silencio del mestizo y la tenacidad del vasco”, dijo en una oportunidad recordando su origen. Su padre, un paisano de sangre quechua, recorrió los rincones de la Argentina con su trabajo en el ferrocarril: viajaba con su mujer, sus tres hijos y dos baúles repletos de libros. Entre ellos, perdido entre tantas novelas, figuraba un libro de Federico Nietzche, que con el tiempo marcaría a fuego a Atahualpa. Tenía trece años y leyó una frase que nunca más olvidaría: “Los acontecimientos más grandes no son los más ruidosos, sino nuestras horas más silenciosas”.-  

         Cuando cumple los trece años, decide cambiar su nombre para siempre. “Había empezado a escribir una monografía sobre los doce incas. Y, en esa época, comencé a firmar ingenuos versos. Como era tímido e introvertido los firmaba con el seudónimo de Atahualpa Yupanqui. Son los dos nombres de los dos últimos grandes caciques indios que existían a la llegada de los conquistadores”. Pero, sin proponérselo, el significado de la palabra Yupanqui ofició casi como un presagio: “Has de contar, narrarás”, es lo que este vocablo quiere decir en la lengua amauta.   Poco antes había dejado expuesto un deseo: “Cuando muere un poeta, no deberían enterrarlo bajo una cruz, sino que deberían plantar un árbol encima de sus restos. Así lo pienso yo, por cuanto, con el tiempo, ese árbol tendrá ramas y un nido y en él nacerán pájaros. De ese modo, el silencio del poeta, se volverá golondrina”. (Fuentes: Norberto Galasso y Fernando Boasso)
 
  Desde la Dirección de Cultura y Educación, al cumplirse en la fecha el 22º Aniversario de su desaparición, evocamos su memoria y su enorme caudal poético y musical.-   Dibujo]]>

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